seducción: mario luna
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Seducción: Mario Luna
Si lees esto, seguramente nos parecemos.
O mucho me equivoco o eres alguien que, como yo, no está dispuest@ a dejar las áreas más importantes de su vida totalmente en manos del azar .
Sabes por donde voy, ¿verdad?
(Por cierto, si te atrae la excelencia, el éxito y la superación personal te invito a que te unas a mí en LA CLAVE DEL ÉXITO (CLICA AQUÍ), un espacio que dedico exclusivamente al estudio de esta gran pasión que me arrastra desde hace años).
La gente dedica años a estudiar cosas como mecánica, arquitectura, ingeniería, biología, historia, delineación, informática, filología, derecho, etc., y está muy bien. Hay vocaciones para llenar un libro. Sin embargo, existen materias que están por encima de nuestra vocación particular. Materias que nos interesan a todos.
Me explico…
¿Quién no quiere mantener un nivel de salud, energía y bienestar tan alto como sea posible? ¿A quién le desagradaría aumentar sus ingresos? ¿Y quién renunciaría a tener más éxito en el amor?
En mi opinión estos son, por así decirlo, los pilares de nuestra felicidad. Basta que cualquiera de ellos se tambalee para que nuestro bienestar se vea amenazado. Y lo peor: si uno de los tres se viene abajo, a menudo termina por afectar a los otros dos (este blog está dedicado al estudio de la seducción, el amor y el éxito en las relaciones; para explorar conmigo los otros dos ingredientes esenciales de una vida plena, te espero en www.clavedelexito.es ).
Mi creencia es que estamos no sólo socialmente, sino también biológicamente programados para que estas cosas nos importen mucho más que ninguna otra. Por lo tanto, el amor/sexo, la prosperidad, la salud… ¿no deberían ser asignaturas obligatorias en todos los colegios e institutos?
Simple, ¿verdad?
Pues, por lo visto, no tanto.
Lo creas o no, hasta muy recientemente ni siquiera se nos ha dado la oportunidad de estudiarlas.
Durante mi juventud, por ejemplo, no existían libros como Sex Crack o Sex Code. No había clases, ni productos, ni comunidades o foros de seducción. Si uno quería mejorar con las mujeres, le decían que no podía o que estaba loco. O bien no había nada que aprender o bien esa ciencia —de existir— era innata. El seductor nacía, no se hacía.
Año tras año, me di de bruces una y otra vez contra esta muralla invisible. Si hablaba sobre mi interés por el éxito económico y el bienestar físico, la gente me miraba raro. Pero era al confesarles que quería estudiar las “reglas” de la seducción cuando concluían que me había escapado del manicomio. Y puede que no andaran tan desencaminados.
De hecho, recuerdo una temporada en la que salía con una grabadora por parques y jardines a entrevistar mujeres atractivas y tipos con pinta de ligón.
Salvo un señor muy arreglado que me dijo: “Tienes que ser feo, porque solo los feos desarrollamos ese lado animal que vuelve locas a las nenas”, las respuestas no variaban demasiado. Y casi todas contenían lo mismo: basura. Lo sabía porque había intentado poner
en práctica hasta el último de los consejos que recibía:
“Sé tú mismo”… “El amor es mágico, no tiene reglas… Abandónate…” “No le des vueltas. Tiene que haber química con la otra persona…” “Es la mirada, tío, la mirada…” “Sé sincero y amable…” “Usa piropos…” “Tienes que ser guapo…” “Tienes que ser cabrón, a las tías nos gustan los cabrones…”
Independientemente de lo sonado que estuviera, una cosa estaba clara: así no se podía ligar; así no se podía escribir un libro; así no se podía hacer nada.
Y la cosa no tenía pinta de cambiar.
Había dedicado buena parte de mi juventud a “descubrir” supuestos mandamientos sobre el arte de la seducción. Máximas que, en teoría, debía de seguir todo hombre que desease conquistar a una mujer. Pero, al margen de un puñado de éxitos aislados que era incapaz de reproducir, mi propia vida no había avanzado mucho. A decir verdad, daba pena.
Fue poco después de tocar fondo del todo cuando decidí romper con mi pasado y probar algo completamente distinto. Un paso drástico, pues suponía abandonar cuanto hasta entonces había sido mi vida. La parte poética consistía en que tenía muy poquito que perder.
Lo siguiente que recuerdo es que había hecho lo necesario para quedarme sin empleo e inscribirme en uno de esos cursos que el estado ofrece a los parados. ¿Mi plan? Convertirme en animador turístico. Deseaba trabajar en una isla exótica, deslumbrar a las tías buenas surcando olas sobre motos acuáticas, sentirme sexy.
La parte de las motos acuáticas nunca se materializó.
La otra, la de currar en lo que terminó siendo un auténtico infierno disfrazado de paraíso, llegó a su debido tiempo.
Para entonces, tenía casi 26 años. No hablaba ningún idioma. Carecía de habilidades especiales que no tuvieran que ver con la escritura o la lectura. Era tímido, asocial, misántropo y particularmente misógino. Odiaba las fiestas, las actividades en grupo y, en general, intercambiar opiniones con otros individuos de mi especie. Para añadirle interés al asunto, no había visto una tía buena ni en pintura. Salvo alguna que otra amiga descarriada que me regalaba su compañía a cambio de horas de terapia psiquiátrica no cualificada, las mujeres eran cosa de novelas y series de televisión.
Mi preparación era casi nula.
Además, no tardé en descubrir por qué el mundo no estaba lleno de animadores turísticos. Para empezar, el sueldo era una porquería. Lo hubiese sido con cualquier horario decente, pero resultaba más palpable cuando tu jornada laboral sobrepasaba las 16 horas diarias. Dime lo que quieras, háblame de derechos y convenios laborales, pero lo cierto es que allí desde las 8 a.m. hasta la 1 a.m. rara vez eras libre.
Para colmo, dada mi inexperiencia me habían enviado a Formentera: el Vietnam de los animadores. La gracia del asunto estaba en un grupito de animadores italianos que vivía desde hacía años en estado semisalvaje y no aceptaba competencia extranjera. ¿Imaginaciones mías? La propia historia del hotel indicaba lo contrario. Todos mis predecesores habían sido expulsados del equipo o habían abandonado su puesto por depresión.
Y allí me encontraba yo: un español bajito, novato y tímido pero decidido a tomar las riendas de los aspectos más importantes de su vida.
Sin embargo, no todo eran obstáculos. Ahora, retrospectivamente, comprendo que contaba con dos cosas jugando en mi favor. La primera de ellas era mi firme determinación a enfrentarme a lo que fuera, con tal de que no oliera a mediocridad. La segunda era una libreta y un boli a los que ofrecía lo mejor de mí todas las noches.
La suerte estaba echada. El guiso de mi vida se encontraba en plena ebullición. En él había ido arrojando los ingredientes más insólitos que tenía a mano. Antes o después debía producirse alguna clase de resultado. Y, si algo estaba claro, es que éste no podía ser normal.
No me equivocaba.
A las pocas semanas me hayaba totalmente integrado en un grupo de seductores que habrían hecho llorar de envidia a Casanova. En lugar de criticarlos o refugiarme en excusas, había optado por adoptar su actitud, comportamiento y parte de sus creencias.
La recompensa fue inmediata: empecé a disfrutar de un éxito con las mujeres antes jamás soñado. El mismo tipo de diosas que antes me habían dejado sin habla eran ahora mis compañeras sexuales habituales.
Que conociese más tarde al Mellao, que entrase en contacto con la comunidad de seducción internacional, que me rodease de naturales que ahora han pasado a ser leyenda, que escribiese un libro y luego otro, que consagrase mi existencia a hacer una ciencia del conocimiento que cambió mi vida…
Todo eso…
Todo eso, era ya sólo cuestión de tiempo.
Pero… ¿sabes lo mejor? Lo mejor es que, en esencia, tú y yo no somos muy distintos.
Puede que tengas más o menos suerte que yo, no lo sé. Pero, aunque un mínimo de suerte siempre es necesaria, la suerte no es el principal ingrediente del éxito. Por eso, si escoges el camino acertado y estás dispuest@ a recorrerlo, puedes llegar muy lejos. Más, desde luego, que much@s de los que te rodean, aun cuando tengan más suerte que tú.
¿Moraleja? Escoge tu ruta y disfruta caminándola. Quizás, también es sólo cuestión de tiempo que te lleve a donde quieres.
Eso es todo lo que puedo decirte.
Eso y…
¡Que el espíritu Aven te acompañe!…
P.D. Usando una expresión de Erik von Markovik, te diré que la seducción me enriquece, no me define. Y si, como yo, crees que su estudio resulta mucho más eficaz cuando va de la mano de un proceso de superación y crecimiento genuinos, recuerda que en www.clavedelexito.es podemos adentrarnos juntos en la esencia del triunfo en su sentido más amplio.
Modelo de fotografía: Nuria Cuesta. Fotógrafos: Paco Ferrer y Fernando Ibáñez.
Escrito por Mario Luna el 16 Febrero 2009

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Mario Luna un alumno dela vida y Un Cientifico De La Seduccion¡¡¡